1. Introducción a las terapias de conducta y cognitivas de tercera generación
1. Introducción a las terapias de conducta y cognitivas de tercera generación
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PARTE 1
Contenido
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Evaluación e Intervención con Terapias de Tercera Generación
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Introducción a las
terapias de conducta
y cognitivas de
tercera generación
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n los últimos años, las denominadas ‘terapias de tercera
generación’ o ‘tercera ola’ están cobrando cada vez mayor
relevancia dentro de los enfoques cognitivo-conductuales.
Fundamentada en una aproximación empírica y enfocada en los
principios del aprendizaje, la tercera generación de terapias
cognitivo-conductuales es particularmente sensible al contexto
y a las funciones de los fenómenos psicológicos.
La particularidad de estos modelos radica en la incorporación
del mindfulness y la aceptación a las estrategias de cambio ya
existentes en los modelos cognitivo-conductuales. Otra carac-
terística es el énfasis que se pone en el contexto y las relaciones
funcionales de los eventos psicológicos, así como también en la
utilización de estrategias de cambio contextual y vivencial.
La tercera generación de terapias de conducta ha sido definida
por Steven Hayes del siguiente modo: “Fundamentada en una
aproximación empírica y enfocada en los principios del apren-
dizaje, la tercera ola de terapias cognitivas y conductuales es
particularmente sensible al contexto y a las funciones de los
fenómenos psicológicos, y no solo a la forma, enfatizando el
uso de estrategias de cambio basadas en la experiencia y en el
contexto además de otras más directas y didácticas”.
Estos tratamientos tienden a buscar la construcción de reper-
torios amplios, flexibles y efectivos, en lugar de tender a la eli-
minación de los problemas claramente definidos, resaltando
cuestiones que son relevantes tanto para el clínico como para
el paciente.
Tal y como se ha comentado anteriormente, la terapia cogni-
tivo-conductual ha presenciado la aparición de nuevos trata-
mientos en el ámbito clínico e investigativo, los cuales funda-
mentan su práctica en principios conceptuales diferentes a los
del enfoque cognitivo-conductual clásico. Enfoques terapéu-
ticos como la terapia de conducta dialéctica (Linehan, 1993 a
y b), la terapia de aceptación y compromiso (Hayes, Strosahl y
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Wilson, 1999), la psicoterapia analítica funcional (Kohlenberg y
Tsai, 1987) y la terapia cognitiva basada en mindfulness (Segal,
Williams y Teasdale, 2002), han ampliado considerablemente
los límites conceptuales de la terapia cognitivo-conductual tra-
dicional, ofreciendo nuevas alternativas terapéuticas para pro-
blemas persistentes y resistentes a la terapia.
Estas terapias, conocidas actualmente como terapias de terce-
ra generación (TTG), representan un viraje hacia aspectos que
antes eran poco valorados u olvidados en la terapia cognitivo
conductual (Vallejo, 2007). Elementos como la aceptación, la
conciencia plena, la desactivación cognitiva, son aspectos que
tradicionalmente han sido explorados por enfoques humanis-
tas-existenciales; sin embargo, ahora son interpretados desde
un marco teórico renovado que guía la praxis de esta nueva ge-
neración de terapias, caracterizadas por su enfoque empírico
(Hayes, 2004a).
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Fundamentos teóricos
y principios básicos
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as terapias de tercera generación (TTG) se basan en un para-
digma contextual que aborda el comportamiento humano
en términos interactivos, funcionales y contextuales (Hayes,
2004b; Jacobson, 1997). Según este enfoque, los trastornos no
residen dentro de la persona, sino que son el resultado de la inte-
racción entre el individuo y su contexto actual, influenciado tam-
bién por el contexto histórico (Hayes, 2004b).
A diferencia de las terapias anteriores, las TTG no buscan iden-
tificar una patología o disfunción psicológica específica como
causa de los trastornos, sino que se centran en los proble-
mas derivados de la interacción con el entorno actual (Hayes,
2004b). En lugar de centrarse en la eliminación de los síntomas,
estas terapias se enfocan en comprender la función psicológica
de los eventos concretos y en intervenir alterando los contex-
tos verbales en los que los eventos cognitivos resultan proble-
máticos (Hayes et al., 1999).
Dos principios fundamentales en las TTG son la aceptación y la
activación. La aceptación implica abandonar la búsqueda cons-
tante del bienestar y aceptar los síntomas y el malestar como una
experiencia vital normal (Hayes, 2004b). Por otro lado, la activa-
ción se refiere a dirigir la atención y los recursos de la persona
hacia acciones conductuales en lugar de enfocarse en evitar los
síntomas (Hayes et al., 1999). El objetivo es promover un cambio
conductual orientado hacia los valores personales y logros signi-
ficativos en lugar de medir el éxito terapéutico en términos de la
eliminación de síntomas (Hayes, 2004b).
Las terapias de tercera generación consideran variables de in-
terés relacionadas con la aceptación, los valores, la terapia con-
cebida dentro de una relación dialéctica, la atención al self, el
contacto con el momento presente, la espiritualidad y la impor-
tancia de la relación terapeuta-cliente (Hayes et al., 1999; Lucia-
no, 2001; Pérez, 2001; Wilson y Luciano, 2002). Estas variables
guían la intervención terapéutica, que se enfoca en la función
de la conducta y utiliza técnicas como metáforas, paradojas y
Dos principios
fundamentales
en las TTG son la
aceptación y la
activación
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ejercicios experienciales para ayudar a las personas a compren-
der que intentar controlar sus eventos privados es parte del
problema (Mañas, 2007).
2.1. Terapias de primera generación
Desde sus inicios, a lo largo de su devenir histórico y hasta nues-
tros días, la terapia de conducta ha exhibido una aproximación
monista, directa, objetiva y racional hacia el estudio del compor-
tamiento humano. Una de las características más distintivas de
esta perspectiva radica en su compromiso inherente con el rigor
científico y el desarrollo de una tecnología fundamentada en
los principios o leyes del aprendizaje, cuya validez se encuentra
respaldada empíricamente. La terapia de conducta se enmarca
dentro del análisis experimental y aplicado del comportamiento
(AEAP), el cual se configura a partir de la acumulación de datos
obtenidos mediante investigaciones tanto a nivel básico (análisis
experimental) como aplicado (análisis aplicado), en concordancia
con la filosofía del conductismo radical Skinneriano.
En los últimos años, ha surgido una abundancia de enfoques te-
rapéuticos desde la perspectiva conductual (por ejemplo, Bor-
kovec y Roemer, 1994; McCullough, 2000; Marlatt, 2002; Martel,
Addis y Jacobson, 2001; Roemer y Orsillo, 2002). Recientemen-
te, Steven Hayes (2004a, b) ha destacado la necesidad de agru-
par y reorganizar esta gran diversidad de terapias emergentes,
así como la dificultad de enmarcarlas dentro de las clasificacio-
nes existentes en la actualidad. Por consiguiente, Hayes utiliza
la expresión ‘La Tercera Ola de Terapias de Conducta’ para refe-
rirse a un grupo específico de terapias que, dentro del amplio
espectro de terapias surgidas recientemente desde la tradición
conductual, comparten ciertos elementos y características co-
munes. A este conjunto de terapias, que han surgido en esta
nueva ola de terapias de conducta, se las denomina ‘Terapias de
Tercera Generación’ (en adelante TTG).
A continuación, se presentan de manera concisa las clasifica-
ciones propuestas por Hayes (2004a, b): las tres ‘olas’ de la te-
rapia de conducta. Posteriormente, se especifica el grupo de
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terapias conocido como TTG, enmarcadas dentro de la tercera
ola de terapias de conducta, enfatizando, al mismo tiempo, que
los fundamentos y técnicas fundamentales de estas novedosas
terapias están estrechamente relacionados con la filosofía y las
prácticas de algunas tradiciones de origen milenario.
En la mayoría de los casos, surge una corriente o movimiento
en el ámbito de la psicología con el propósito de abordar pro-
blemas que aún no han sido resueltos en un contexto histórico
y cultural específico. Un ejemplo claro de esto se puede obser-
var en el surgimiento de los conductistas o psicólogos conduc-
tuales a principios del siglo XX, en contraposición al modelo
psicoanalítico de Freud que había dominado desde finales del
siglo XIX hasta el siglo XX. Destacan figuras como J.B. Watson,
considerado el padre del conductismo, y B.F. Skinner, creador
del conductismo radical o conductismo radical skinneriano. La
tradición conductual, representada principalmente por el análi-
sis aplicado del comportamiento, conformó la ’Primera Ola’ de
las terapias de conducta (Mañas Mañas, 2010).
El objetivo principal de este movimiento fue superar las limita-
ciones de las posiciones clínicas tradicionales, en particular el en-
foque psicoanalítico. Como alternativa, se enfatizó la necesidad
de desarrollar un enfoque clínico basado en los principios cien-
tíficos y las leyes del comportamiento humano. En lugar de cen-
trarse en variables hipotéticas o intrapsíquicas como las causas
de los problemas psicológicos, como los conflictos inconscientes
o el complejo de Edipo, se identificaron otras variables, como las
contingencias de refuerzo y el control discriminativo de estímu-
los sobre la conducta. A diferencia de las técnicas psicoanalíticas
como la interpretación de los sueños, la hipnosis o la introspec-
ción, la terapia de conducta se enfocó directamente en el com-
portamiento problemático, utilizando los principios del condicio-
namiento y el aprendizaje. Este nuevo enfoque clínico, basado en
la manipulación directa de contingencias con objetivos clínicos
específicos, se conoce como cambios de ‘primer orden’.
No obstante, a pesar del progreso que representó la primera
ola de la terapia de conducta, tanto el modelo de aprendizaje
asociacionista o paradigma estímulo-respuesta (conductismo
Las nuevas
corrientes o
movimientos
psicológicos surgen
con el propósito de
abordar problemas
que aún no han
sido resueltos
en un contexto
histórico y cultural
específico.
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watsoniano inicial) como el análisis experimental de la conduc-
ta (conductismo radical skinneriano) resultaron ineficaces en el
tratamiento de ciertos problemas psicológicos que presenta-
ban los adultos. Estas dificultades, junto con el hecho de que
ninguno de estos enfoques ofreció un análisis empírico adecua-
do del lenguaje y la cognición humana, marcaron un punto de
inflexión que dio lugar a un segundo movimiento u ola: la deno-
minada ‘Segunda Ola’ de las terapias de conducta o terapias de
segunda generación.
2.2. Terapias de segunda generación - La
segunda ola
Lo que caracterizó a esta segunda ola de terapias, surgida en
la década de 1960, fue la consideración del pensamiento o la
cognición como la causa principal de la conducta y, por lo tan-
to, como la causa y explicación de los fenómenos y trastornos
psicológicos.
Aunque estas nuevas terapias, agrupadas bajo el amplio para-
guas de las terapias cognitivo-conductuales, mantuvieron (y
aún mantienen) las técnicas centradas en el cambio de con-
tingencias o de primer orden (desarrolladas en la primera ola
de terapias), las variables de interés se desplazaron hacia los
eventos cognitivos, considerándolos como la causa directa del
comportamiento y, por lo tanto, convirtiendo el cambio del
pensamiento en el objetivo principal de la intervención. Como
resultado, tanto las variables de análisis como los objetivos per-
seguidos y muchas de las técnicas se centraron principalmente
en la modificación, eliminación, reducción o alteración de los
eventos privados. En este contexto, se entiende por eventos
privados tanto las cogniciones o pensamientos propiamente
dichos, como las emociones, los recuerdos, las creencias y las
sensaciones corporales que una persona experimenta.
En resumen, durante este periodo se estableció la premisa
general de que si el pensamiento (o la emoción, el esquema,
la creencia, etc.) es la causa de la conducta, entonces se debe
cambiar el pensamiento (o la emoción, el esquema, la creencia,
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etc.) para cambiar la conducta. Esta premisa fundamental es
ampliamente aceptada en nuestra cultura y subyace a las tera-
pias de segunda generación, potenciada por el contexto social,
el modelo médico o psiquiátrico y la idea de enfermedad men-
tal, así como la industria farmacológica actual.
Otra consecuencia de esta filosofía es considerar que todo lo
que genere malestar o dolor debe ser rápidamente eliminado
o suprimido utilizando todos los medios disponibles, especial-
mente enfocándose en estrategias o técnicas de control de
eventos privados, como la eliminación, la supresión, la evitación
o la sustitución. Sin embargo, esto puede llevar a que una perso-
na desarrolle un patrón inflexible de comportamiento centrado
exclusivamente en evitar continuamente sus eventos privados,
lo que limita drásticamente su vida. Esto ocurre a pesar de que
la persona esté aparentemente siguiendo lo que la sociedad
ha promovido y lo que el sentido común dicta: “eliminar todo
aquello que cause malestar o dolor y sentirse bien todo el tiem-
po”. El problema no se resuelve y el sufrimiento se intensifica.
A este patrón inflexible de evitación de eventos privados, que
limita la vida de la persona, se le ha denominado trastorno de
evitación experiencial (TEE).
El TEE se concibe desde una perspectiva analítica-funcional
como un diagnóstico funcional alternativo a las concepciones
topográficas y mecanicistas predominantes en la actualidad, es-
pecialmente las del DSM. En ocasiones, se ha relacionado el TEE
con la falta de flexibilidad cognitiva o, en otras palabras, con un
estado de fusión cognitiva con los eventos privados.
Dentro del amplio espectro de las terapias de segunda gene-
ración se encuentran aquellas que son más estandarizadas y
ampliamente utilizadas en la actualidad, como la terapia cogni-
tiva de Beck para la depresión (por ejemplo, Beck, Rush, Shaw y
Emery, 1979), la terapia racional emotiva de Ellis (por ejemplo,
Ellis y MacLaren, 1998), la terapia de autoinstrucciones de Me-
inchenbaum (por ejemplo, Meinchenbaum, 1977), así como nu-
merosos paquetes de tratamientos programados o estandari-
zados que se engloban mayoritariamente bajo la denominación
de terapias cognitivo-conductuales. Aunque estas terapias han
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demostrado ser efectivas en el tratamiento de diversos proble-
mas psicológicos, aún existen muchos problemas sin resolver.
Algunas de estas cuestiones se centran en determinar qué as-
pectos son realmente efectivos dentro de las técnicas emplea-
das por las terapias de segunda generación. Esto se vuelve evi-
dente si consideramos que estas terapias continúan utilizando
las técnicas y procedimientos generados por las terapias de
primera generación (cambios de primer orden), lo que dificulta
evaluar de manera independiente el valor y la eficacia de los
elementos o componentes novedosos que se utilizan. Además,
la efectividad de estas terapias se ha relacionado más con los
componentes conductuales que con los componentes cogniti-
vos propiamente dichos.
Las terapias de segunda generación más estandarizadas siguen siendo
utilizadas a día de hoy, y a pesar de que han demostrado ser efectivas,
siguen teniendo ciertas limitaciones.
Otra de las limitaciones más significativas de las terapias de se-
gunda generación son los datos experimentales disponibles en
la actualidad, que indican paradójicamente que los intentos de
controlar, reducir o eliminar los eventos privados (precisamente
los objetivos de intervención explícitos en estas terapias) pueden
producir efectos contrarios o de rebote en muchos casos. Se han
descrito incrementos notables en la intensidad, frecuencia y du-
ración, e incluso en la accesibilidad a los eventos privados no de-
seados (por ejemplo, Cioffi y Holloway, 1993; Gross y Levenson,
1993, 1997; Gutiérrez, Luciano, Rodríguez y Fink, 2004; Sullivan,
Rouse, Bishop y Johnston, 1997; Wegner y Erber, 1992). Estos da-
tos representan un desafío claro para los principios y supuestos
en los que se basan las terapias de segunda generación, ya que
ponen en entredicho sus fundamentos y filosofía subyacente.
En resumen, Hayes (2004a, b) ha destacado varias razones fun-
damentales que han llevado al surgimiento de una nueva ola de
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terapias de conducta, conocida como la ‘Tercera Ola de Tera-
pias de Conducta’ o las ‘Terapias de Tercera Generación’. Estas
razones incluyen:
la falta de comprensión sobre por qué algunas terapias cog-
nitivas actuales tienen éxito o son efectivas, así como por
qué otras fracasan;
los numerosos avances en la investigación básica sobre el
lenguaje y la cognición desde una perspectiva analítico-fun-
cional; y
la existencia de concepciones y modelos que adoptan una
aproximación radicalmente funcional al comportamiento
humano.
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El modelo de
flexibilidad
conductual
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l modelo de flexibilidad conductual en las terapias de terce-
ra generación se refiere a la capacidad de adaptarse y res-
ponder de manera flexible a los desafíos y demandas de la
vida, en lugar de verse atrapado en patrones rígidos de pensa-
miento y comportamiento. Este modelo se basa en la premisa de
que la inflexibilidad es un factor contribuyente en la aparición y
mantenimiento de los trastornos psicológicos, y que la promo-
ción de la flexibilidad puede conducir a un mayor bienestar emo-
cional y psicológico.
Las terapias de tercera generación, como la terapia de acepta-
ción y compromiso (ACT) y la terapia dialéctica conductual (DBT),
se centran en fomentar la flexibilidad conductual a través de di-
ferentes enfoques terapéuticos. Estas terapias reconocen que
los intentos de controlar o evitar el malestar psicológico pueden
generar más sufrimiento a largo plazo, y en su lugar promueven
la aceptación de las experiencias difíciles y el compromiso con los
valores personales para guiar la acción.
El modelo de flexibilidad conductual se basa en principios funda-
mentales de las terapias de tercera generación, como la acepta-
ción, la atención plena y el enfoque en los valores (Hayes et al.,
1999; Linehan, 1993). Estas terapias subrayan la importancia de
desarrollar la capacidad de observar y aceptar las experiencias
internas, como los pensamientos y las emociones, sin juzgarlos ni
tratar de cambiarlos. Al mismo tiempo, se enfocan en tomar ac-
ciones coherentes con los valores personales y comprometerse
en comportamientos saludables y significativos.
La terapia de aceptación y compromiso (ACT), desarrollada por
Hayes, Strosahl y Wilson (2012), se centra específicamente en
promover la flexibilidad conductual a través de la aceptación de
experiencias internas y el compromiso con acciones guiadas por
los valores personales. Por otro lado, la terapia dialéctica con-
ductual (DBT), desarrollada por Linehan (1993), también enfatiza
la flexibilidad conductual como parte integral de la regulación
emocional y la mejora de las habilidades de afrontamiento.
Las terapias de
tercera generación
reconocen que
los intentos
de controlar o
evitar el malestar
psicológico pueden
generar más
sufrimiento a largo
plazo
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En resumen, el modelo de flexibilidad conductual en las terapias
de tercera generación se refiere a la capacidad de adaptarse y
responder de manera flexible a las experiencias internas y exter-
nas, y se basa en principios de aceptación, atención plena y enfo-
que en los valores personales. Estas terapias buscan promover
la flexibilidad conductual como un medio para lograr un mayor
bienestar emocional y psicológico a largo plazo.
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n los últimos años, las denominadas ‘terapias de tercera
generación’ o ‘tercera ola’ están cobrando cada vez mayor
relevancia dentro de los enfoques cognitivo-conductuales.
Fundamentada en una aproximación empírica y enfocada en los
principios del aprendizaje, la tercera generación de terapias
cognitivo-conductuales es particularmente sensible al contexto
y a las funciones de los fenómenos psicológicos.
La particularidad de estos modelos radica en la incorporación
del mindfulness y la aceptación a las estrategias de cambio ya
existentes en los modelos cognitivo-conductuales. Otra carac-
terística es el énfasis que se pone en el contexto y las relaciones
funcionales de los eventos psicológicos, así como también en la
utilización de estrategias de cambio contextual y vivencial.
La tercera generación de terapias de conducta ha sido definida
por Steven Hayes del siguiente modo: “Fundamentada en una
aproximación empírica y enfocada en los principios del apren-
dizaje, la tercera ola de terapias cognitivas y conductuales es
particularmente sensible al contexto y a las funciones de los
fenómenos psicológicos, y no solo a la forma, enfatizando el
uso de estrategias de cambio basadas en la experiencia y en el
contexto además de otras más directas y didácticas”.
Estos tratamientos tienden a buscar la construcción de reper-
torios amplios, flexibles y efectivos, en lugar de tender a la eli-
minación de los problemas claramente definidos, resaltando
cuestiones que son relevantes tanto para el clínico como para
el paciente.
Tal y como se ha comentado anteriormente, la terapia cogni-
tivo-conductual ha presenciado la aparición de nuevos trata-
mientos en el ámbito clínico e investigativo, los cuales funda-
mentan su práctica en principios conceptuales diferentes a los
del enfoque cognitivo-conductual clásico. Enfoques terapéu-
ticos como la terapia de conducta dialéctica (Linehan, 1993 a
y b), la terapia de aceptación y compromiso (Hayes, Strosahl y
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Wilson, 1999), la psicoterapia analítica funcional (Kohlenberg y
Tsai, 1987) y la terapia cognitiva basada en mindfulness (Segal,
Williams y Teasdale, 2002), han ampliado considerablemente
los límites conceptuales de la terapia cognitivo-conductual tra-
dicional, ofreciendo nuevas alternativas terapéuticas para pro-
blemas persistentes y resistentes a la terapia.
Estas terapias, conocidas actualmente como terapias de terce-
ra generación (TTG), representan un viraje hacia aspectos que
antes eran poco valorados u olvidados en la terapia cognitivo
conductual (Vallejo, 2007). Elementos como la aceptación, la
conciencia plena, la desactivación cognitiva, son aspectos que
tradicionalmente han sido explorados por enfoques humanis-
tas-existenciales; sin embargo, ahora son interpretados desde
un marco teórico renovado que guía la praxis de esta nueva ge-
neración de terapias, caracterizadas por su enfoque empírico
(Hayes, 2004a).
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y principios básicos
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as terapias de tercera generación (TTG) se basan en un para-
digma contextual que aborda el comportamiento humano
en términos interactivos, funcionales y contextuales (Hayes,
2004b; Jacobson, 1997). Según este enfoque, los trastornos no
residen dentro de la persona, sino que son el resultado de la inte-
racción entre el individuo y su contexto actual, influenciado tam-
bién por el contexto histórico (Hayes, 2004b).
A diferencia de las terapias anteriores, las TTG no buscan iden-
tificar una patología o disfunción psicológica específica como
causa de los trastornos, sino que se centran en los proble-
mas derivados de la interacción con el entorno actual (Hayes,
2004b). En lugar de centrarse en la eliminación de los síntomas,
estas terapias se enfocan en comprender la función psicológica
de los eventos concretos y en intervenir alterando los contex-
tos verbales en los que los eventos cognitivos resultan proble-
máticos (Hayes et al., 1999).
Dos principios fundamentales en las TTG son la aceptación y la
activación. La aceptación implica abandonar la búsqueda cons-
tante del bienestar y aceptar los síntomas y el malestar como una
experiencia vital normal (Hayes, 2004b). Por otro lado, la activa-
ción se refiere a dirigir la atención y los recursos de la persona
hacia acciones conductuales en lugar de enfocarse en evitar los
síntomas (Hayes et al., 1999). El objetivo es promover un cambio
conductual orientado hacia los valores personales y logros signi-
ficativos en lugar de medir el éxito terapéutico en términos de la
eliminación de síntomas (Hayes, 2004b).
Las terapias de tercera generación consideran variables de in-
terés relacionadas con la aceptación, los valores, la terapia con-
cebida dentro de una relación dialéctica, la atención al self, el
contacto con el momento presente, la espiritualidad y la impor-
tancia de la relación terapeuta-cliente (Hayes et al., 1999; Lucia-
no, 2001; Pérez, 2001; Wilson y Luciano, 2002). Estas variables
guían la intervención terapéutica, que se enfoca en la función
de la conducta y utiliza técnicas como metáforas, paradojas y
Dos principios
fundamentales
en las TTG son la
aceptación y la
activación
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ejercicios experienciales para ayudar a las personas a compren-
der que intentar controlar sus eventos privados es parte del
problema (Mañas, 2007).
2.1. Terapias de primera generación
Desde sus inicios, a lo largo de su devenir histórico y hasta nues-
tros días, la terapia de conducta ha exhibido una aproximación
monista, directa, objetiva y racional hacia el estudio del compor-
tamiento humano. Una de las características más distintivas de
esta perspectiva radica en su compromiso inherente con el rigor
científico y el desarrollo de una tecnología fundamentada en
los principios o leyes del aprendizaje, cuya validez se encuentra
respaldada empíricamente. La terapia de conducta se enmarca
dentro del análisis experimental y aplicado del comportamiento
(AEAP), el cual se configura a partir de la acumulación de datos
obtenidos mediante investigaciones tanto a nivel básico (análisis
experimental) como aplicado (análisis aplicado), en concordancia
con la filosofía del conductismo radical Skinneriano.
En los últimos años, ha surgido una abundancia de enfoques te-
rapéuticos desde la perspectiva conductual (por ejemplo, Bor-
kovec y Roemer, 1994; McCullough, 2000; Marlatt, 2002; Martel,
Addis y Jacobson, 2001; Roemer y Orsillo, 2002). Recientemen-
te, Steven Hayes (2004a, b) ha destacado la necesidad de agru-
par y reorganizar esta gran diversidad de terapias emergentes,
así como la dificultad de enmarcarlas dentro de las clasificacio-
nes existentes en la actualidad. Por consiguiente, Hayes utiliza
la expresión ‘La Tercera Ola de Terapias de Conducta’ para refe-
rirse a un grupo específico de terapias que, dentro del amplio
espectro de terapias surgidas recientemente desde la tradición
conductual, comparten ciertos elementos y características co-
munes. A este conjunto de terapias, que han surgido en esta
nueva ola de terapias de conducta, se las denomina ‘Terapias de
Tercera Generación’ (en adelante TTG).
A continuación, se presentan de manera concisa las clasifica-
ciones propuestas por Hayes (2004a, b): las tres ‘olas’ de la te-
rapia de conducta. Posteriormente, se especifica el grupo de
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terapias conocido como TTG, enmarcadas dentro de la tercera
ola de terapias de conducta, enfatizando, al mismo tiempo, que
los fundamentos y técnicas fundamentales de estas novedosas
terapias están estrechamente relacionados con la filosofía y las
prácticas de algunas tradiciones de origen milenario.
En la mayoría de los casos, surge una corriente o movimiento
en el ámbito de la psicología con el propósito de abordar pro-
blemas que aún no han sido resueltos en un contexto histórico
y cultural específico. Un ejemplo claro de esto se puede obser-
var en el surgimiento de los conductistas o psicólogos conduc-
tuales a principios del siglo XX, en contraposición al modelo
psicoanalítico de Freud que había dominado desde finales del
siglo XIX hasta el siglo XX. Destacan figuras como J.B. Watson,
considerado el padre del conductismo, y B.F. Skinner, creador
del conductismo radical o conductismo radical skinneriano. La
tradición conductual, representada principalmente por el análi-
sis aplicado del comportamiento, conformó la ’Primera Ola’ de
las terapias de conducta (Mañas Mañas, 2010).
El objetivo principal de este movimiento fue superar las limita-
ciones de las posiciones clínicas tradicionales, en particular el en-
foque psicoanalítico. Como alternativa, se enfatizó la necesidad
de desarrollar un enfoque clínico basado en los principios cien-
tíficos y las leyes del comportamiento humano. En lugar de cen-
trarse en variables hipotéticas o intrapsíquicas como las causas
de los problemas psicológicos, como los conflictos inconscientes
o el complejo de Edipo, se identificaron otras variables, como las
contingencias de refuerzo y el control discriminativo de estímu-
los sobre la conducta. A diferencia de las técnicas psicoanalíticas
como la interpretación de los sueños, la hipnosis o la introspec-
ción, la terapia de conducta se enfocó directamente en el com-
portamiento problemático, utilizando los principios del condicio-
namiento y el aprendizaje. Este nuevo enfoque clínico, basado en
la manipulación directa de contingencias con objetivos clínicos
específicos, se conoce como cambios de ‘primer orden’.
No obstante, a pesar del progreso que representó la primera
ola de la terapia de conducta, tanto el modelo de aprendizaje
asociacionista o paradigma estímulo-respuesta (conductismo
Las nuevas
corrientes o
movimientos
psicológicos surgen
con el propósito de
abordar problemas
que aún no han
sido resueltos
en un contexto
histórico y cultural
específico.
Diplomado en Psicología Clínica
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watsoniano inicial) como el análisis experimental de la conduc-
ta (conductismo radical skinneriano) resultaron ineficaces en el
tratamiento de ciertos problemas psicológicos que presenta-
ban los adultos. Estas dificultades, junto con el hecho de que
ninguno de estos enfoques ofreció un análisis empírico adecua-
do del lenguaje y la cognición humana, marcaron un punto de
inflexión que dio lugar a un segundo movimiento u ola: la deno-
minada ‘Segunda Ola’ de las terapias de conducta o terapias de
segunda generación.
2.2. Terapias de segunda generación - La
segunda ola
Lo que caracterizó a esta segunda ola de terapias, surgida en
la década de 1960, fue la consideración del pensamiento o la
cognición como la causa principal de la conducta y, por lo tan-
to, como la causa y explicación de los fenómenos y trastornos
psicológicos.
Aunque estas nuevas terapias, agrupadas bajo el amplio para-
guas de las terapias cognitivo-conductuales, mantuvieron (y
aún mantienen) las técnicas centradas en el cambio de con-
tingencias o de primer orden (desarrolladas en la primera ola
de terapias), las variables de interés se desplazaron hacia los
eventos cognitivos, considerándolos como la causa directa del
comportamiento y, por lo tanto, convirtiendo el cambio del
pensamiento en el objetivo principal de la intervención. Como
resultado, tanto las variables de análisis como los objetivos per-
seguidos y muchas de las técnicas se centraron principalmente
en la modificación, eliminación, reducción o alteración de los
eventos privados. En este contexto, se entiende por eventos
privados tanto las cogniciones o pensamientos propiamente
dichos, como las emociones, los recuerdos, las creencias y las
sensaciones corporales que una persona experimenta.
En resumen, durante este periodo se estableció la premisa
general de que si el pensamiento (o la emoción, el esquema,
la creencia, etc.) es la causa de la conducta, entonces se debe
cambiar el pensamiento (o la emoción, el esquema, la creencia,
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2
etc.) para cambiar la conducta. Esta premisa fundamental es
ampliamente aceptada en nuestra cultura y subyace a las tera-
pias de segunda generación, potenciada por el contexto social,
el modelo médico o psiquiátrico y la idea de enfermedad men-
tal, así como la industria farmacológica actual.
Otra consecuencia de esta filosofía es considerar que todo lo
que genere malestar o dolor debe ser rápidamente eliminado
o suprimido utilizando todos los medios disponibles, especial-
mente enfocándose en estrategias o técnicas de control de
eventos privados, como la eliminación, la supresión, la evitación
o la sustitución. Sin embargo, esto puede llevar a que una perso-
na desarrolle un patrón inflexible de comportamiento centrado
exclusivamente en evitar continuamente sus eventos privados,
lo que limita drásticamente su vida. Esto ocurre a pesar de que
la persona esté aparentemente siguiendo lo que la sociedad
ha promovido y lo que el sentido común dicta: “eliminar todo
aquello que cause malestar o dolor y sentirse bien todo el tiem-
po”. El problema no se resuelve y el sufrimiento se intensifica.
A este patrón inflexible de evitación de eventos privados, que
limita la vida de la persona, se le ha denominado trastorno de
evitación experiencial (TEE).
El TEE se concibe desde una perspectiva analítica-funcional
como un diagnóstico funcional alternativo a las concepciones
topográficas y mecanicistas predominantes en la actualidad, es-
pecialmente las del DSM. En ocasiones, se ha relacionado el TEE
con la falta de flexibilidad cognitiva o, en otras palabras, con un
estado de fusión cognitiva con los eventos privados.
Dentro del amplio espectro de las terapias de segunda gene-
ración se encuentran aquellas que son más estandarizadas y
ampliamente utilizadas en la actualidad, como la terapia cogni-
tiva de Beck para la depresión (por ejemplo, Beck, Rush, Shaw y
Emery, 1979), la terapia racional emotiva de Ellis (por ejemplo,
Ellis y MacLaren, 1998), la terapia de autoinstrucciones de Me-
inchenbaum (por ejemplo, Meinchenbaum, 1977), así como nu-
merosos paquetes de tratamientos programados o estandari-
zados que se engloban mayoritariamente bajo la denominación
de terapias cognitivo-conductuales. Aunque estas terapias han
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demostrado ser efectivas en el tratamiento de diversos proble-
mas psicológicos, aún existen muchos problemas sin resolver.
Algunas de estas cuestiones se centran en determinar qué as-
pectos son realmente efectivos dentro de las técnicas emplea-
das por las terapias de segunda generación. Esto se vuelve evi-
dente si consideramos que estas terapias continúan utilizando
las técnicas y procedimientos generados por las terapias de
primera generación (cambios de primer orden), lo que dificulta
evaluar de manera independiente el valor y la eficacia de los
elementos o componentes novedosos que se utilizan. Además,
la efectividad de estas terapias se ha relacionado más con los
componentes conductuales que con los componentes cogniti-
vos propiamente dichos.
Las terapias de segunda generación más estandarizadas siguen siendo
utilizadas a día de hoy, y a pesar de que han demostrado ser efectivas,
siguen teniendo ciertas limitaciones.
Otra de las limitaciones más significativas de las terapias de se-
gunda generación son los datos experimentales disponibles en
la actualidad, que indican paradójicamente que los intentos de
controlar, reducir o eliminar los eventos privados (precisamente
los objetivos de intervención explícitos en estas terapias) pueden
producir efectos contrarios o de rebote en muchos casos. Se han
descrito incrementos notables en la intensidad, frecuencia y du-
ración, e incluso en la accesibilidad a los eventos privados no de-
seados (por ejemplo, Cioffi y Holloway, 1993; Gross y Levenson,
1993, 1997; Gutiérrez, Luciano, Rodríguez y Fink, 2004; Sullivan,
Rouse, Bishop y Johnston, 1997; Wegner y Erber, 1992). Estos da-
tos representan un desafío claro para los principios y supuestos
en los que se basan las terapias de segunda generación, ya que
ponen en entredicho sus fundamentos y filosofía subyacente.
En resumen, Hayes (2004a, b) ha destacado varias razones fun-
damentales que han llevado al surgimiento de una nueva ola de
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terapias de conducta, conocida como la ‘Tercera Ola de Tera-
pias de Conducta’ o las ‘Terapias de Tercera Generación’. Estas
razones incluyen:
la falta de comprensión sobre por qué algunas terapias cog-
nitivas actuales tienen éxito o son efectivas, así como por
qué otras fracasan;
los numerosos avances en la investigación básica sobre el
lenguaje y la cognición desde una perspectiva analítico-fun-
cional; y
la existencia de concepciones y modelos que adoptan una
aproximación radicalmente funcional al comportamiento
humano.
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19
3
El modelo de
flexibilidad
conductual
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20
3
E
l modelo de flexibilidad conductual en las terapias de terce-
ra generación se refiere a la capacidad de adaptarse y res-
ponder de manera flexible a los desafíos y demandas de la
vida, en lugar de verse atrapado en patrones rígidos de pensa-
miento y comportamiento. Este modelo se basa en la premisa de
que la inflexibilidad es un factor contribuyente en la aparición y
mantenimiento de los trastornos psicológicos, y que la promo-
ción de la flexibilidad puede conducir a un mayor bienestar emo-
cional y psicológico.
Las terapias de tercera generación, como la terapia de acepta-
ción y compromiso (ACT) y la terapia dialéctica conductual (DBT),
se centran en fomentar la flexibilidad conductual a través de di-
ferentes enfoques terapéuticos. Estas terapias reconocen que
los intentos de controlar o evitar el malestar psicológico pueden
generar más sufrimiento a largo plazo, y en su lugar promueven
la aceptación de las experiencias difíciles y el compromiso con los
valores personales para guiar la acción.
El modelo de flexibilidad conductual se basa en principios funda-
mentales de las terapias de tercera generación, como la acepta-
ción, la atención plena y el enfoque en los valores (Hayes et al.,
1999; Linehan, 1993). Estas terapias subrayan la importancia de
desarrollar la capacidad de observar y aceptar las experiencias
internas, como los pensamientos y las emociones, sin juzgarlos ni
tratar de cambiarlos. Al mismo tiempo, se enfocan en tomar ac-
ciones coherentes con los valores personales y comprometerse
en comportamientos saludables y significativos.
La terapia de aceptación y compromiso (ACT), desarrollada por
Hayes, Strosahl y Wilson (2012), se centra específicamente en
promover la flexibilidad conductual a través de la aceptación de
experiencias internas y el compromiso con acciones guiadas por
los valores personales. Por otro lado, la terapia dialéctica con-
ductual (DBT), desarrollada por Linehan (1993), también enfatiza
la flexibilidad conductual como parte integral de la regulación
emocional y la mejora de las habilidades de afrontamiento.
Las terapias de
tercera generación
reconocen que
los intentos
de controlar o
evitar el malestar
psicológico pueden
generar más
sufrimiento a largo
plazo
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En resumen, el modelo de flexibilidad conductual en las terapias
de tercera generación se refiere a la capacidad de adaptarse y
responder de manera flexible a las experiencias internas y exter-
nas, y se basa en principios de aceptación, atención plena y enfo-
que en los valores personales. Estas terapias buscan promover
la flexibilidad conductual como un medio para lograr un mayor
bienestar emocional y psicológico a largo plazo.
📌 Insight impactante 1: La inteligencia artificial está transformando la manera en que las empresas operan, permitiendo procesos más eficientes y decisiones mejor informadas.
🚀 Reflexión:
Piensa en cómo la inteligencia artificial podría cambiar tu día a día en el trabajo o estudio. Escribe un párrafo sobre sus posibles beneficios y desafíos.
🗂️ Conceptos de esta parte
❓ Inteligencia Artificial (IA)
✅ Respuesta: Tecnología que simula la inteligencia humana en máquinas mediante algoritmos.
❓ Sostenibilidad
✅ Respuesta: Práctica de mantener los recursos de manera que se garantice su disponibilidad futura.
❓ Aprendizaje en Línea
✅ Respuesta: Método educativo que utiliza plataformas digitales para enseñar y evaluar a los estudiantes.
📝 Evaluación Final de la Sección
1. ¿Cuál es una ventaja clave del aprendizaje en línea?
- Aumenta los costos educativos
- Reduce la accesibilidad
- Ofrece flexibilidad de horario
- Limita la interacción con instructores
👀 Ver respuesta correcta
Ofrece flexibilidad de horario
💡 Explicación: El aprendizaje en línea permite a los estudiantes acceder al contenido en cualquier momento y desde cualquier lugar, lo que mejora la flexibilidad y el acceso a la educación.
💡 Explicación: El aprendizaje en línea permite a los estudiantes acceder al contenido en cualquier momento y desde cualquier lugar, lo que mejora la flexibilidad y el acceso a la educación.
2. ¿Qué recurso es característico de la sostenibilidad?
- Renovable
- Inagotable
- Limitado
- Pesado
👀 Ver respuesta correcta
Renovable
💡 Explicación: Los recursos sostenibles deben ser de naturaleza renovable para asegurar su disponibilidad a largo plazo, como la energía solar o eólica.
💡 Explicación: Los recursos sostenibles deben ser de naturaleza renovable para asegurar su disponibilidad a largo plazo, como la energía solar o eólica.
3. ¿Cómo ha afectado la globalización a las economías nacionales?
- Aislamiento
- Interconexión
- Descentralización total
- Autarquía
👀 Ver respuesta correcta
Interconexión
💡 Explicación: La globalización ha interconectado las economías, permitiendo un flujo libre de comercio, ideas, y capital entre las naciones.
💡 Explicación: La globalización ha interconectado las economías, permitiendo un flujo libre de comercio, ideas, y capital entre las naciones.
4. ¿Qué protege la ciberseguridad?
- Solo las redes físicas
- Biometría
- Sistemas, redes y programas
- Solo el hardware
👀 Ver respuesta correcta
Sistemas, redes y programas
💡 Explicación: La ciberseguridad es una práctica amplia que abarca la protección de sistemas, redes y programas contra diversos ataques digitales.
💡 Explicación: La ciberseguridad es una práctica amplia que abarca la protección de sistemas, redes y programas contra diversos ataques digitales.
5. ¿Qué representa una barrera clave para la diversidad e inclusión en el lugar de trabajo?
- Apertura cultural
- Bias inconsciente
- Políticas inclusivas
- Capacitación intercultural
👀 Ver respuesta correcta
Bias inconsciente
💡 Explicación: El bias inconsciente puede afectar las decisiones sobre contratación y promoción, limitando la efectividad de las políticas de diversidad e inclusión.
💡 Explicación: El bias inconsciente puede afectar las decisiones sobre contratación y promoción, limitando la efectividad de las políticas de diversidad e inclusión.
6. ¿Qué tecnología está destinada a mejorar radicalmente la conectividad móvil?
- 2G
- ADSL
- 4G
- 5G
👀 Ver respuesta correcta
5G
💡 Explicación: 5G es la próxima evolución de las redes móviles, ofreciendo velocidades de conexión mucho más rápidas y una menor latencia, lo cual mejora la experiencia de usuario y soporta nuevas aplicaciones.
💡 Explicación: 5G es la próxima evolución de las redes móviles, ofreciendo velocidades de conexión mucho más rápidas y una menor latencia, lo cual mejora la experiencia de usuario y soporta nuevas aplicaciones.
Material Educativo Interactivo - Procesamiento en Paralelo
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