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1. Introducción a las terapias de conducta y cognitivas de tercera generación

Programa de Posgrado • ISEP

1. Introducción a las terapias de conducta y cognitivas de tercera generación

01

Desarrollo Conceptual

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Introducción a las

terapias de conducta

y cognitivas de

tercera generación

n los últimos años, las denominadas ‘terapias de tercera

generación’ o ‘tercera ola’ están cobrando cada vez mayor

relevancia dentro de los enfoques cognitivo-conductuales.

Fundamentada en una aproximación empírica y enfocada en los

principios del aprendizaje, la tercera generación de terapias

cognitivo-conductuales es particularmente sensible al contexto

y a las funciones de los fenómenos psicológicos.

La particularidad de estos modelos radica en la incorporación

del mindfulness y la aceptación a las estrategias de cambio ya

existentes en los modelos cognitivo-conductuales. Otra carac-

terística es el énfasis que se pone en el contexto y las relaciones

funcionales de los eventos psicológicos, así como también en la

utilización de estrategias de cambio contextual y vivencial.

La tercera generación de terapias de conducta ha sido definida

por Steven Hayes del siguiente modo: “Fundamentada en una

aproximación empírica y enfocada en los principios del apren-

dizaje, la tercera ola de terapias cognitivas y conductuales es

particularmente sensible al contexto y a las funciones de los

fenómenos psicológicos, y no solo a la forma, enfatizando el

uso de estrategias de cambio basadas en la experiencia y en el

contexto además de otras más directas y didácticas”.

Estos tratamientos tienden a buscar la construcción de reper-

torios amplios, flexibles y efectivos, en lugar de tender a la eli-

minación de los problemas claramente definidos, resaltando

cuestiones que son relevantes tanto para el clínico como para

el paciente.

Tal y como se ha comentado anteriormente, la terapia cogni-

tivo-conductual ha presenciado la aparición de nuevos trata-

mientos en el ámbito clínico e investigativo, los cuales funda-

mentan su práctica en principios conceptuales diferentes a los

del enfoque cognitivo-conductual clásico. Enfoques terapéu-

ticos como la terapia de conducta dialéctica (Linehan, 1993 a

y b), la terapia de aceptación y compromiso (Hayes, Strosahl y

Wilson, 1999), la psicoterapia analítica funcional (Kohlenberg y

Tsai, 1987) y la terapia cognitiva basada en mindfulness (Segal,

Williams y Teasdale, 2002), han ampliado considerablemente

los límites conceptuales de la terapia cognitivo-conductual tra-

dicional, ofreciendo nuevas alternativas terapéuticas para pro-

blemas persistentes y resistentes a la terapia.

Estas terapias, conocidas actualmente como terapias de terce-

ra generación (TTG), representan un viraje hacia aspectos que

antes eran poco valorados u olvidados en la terapia cognitivo

conductual (Vallejo, 2007). Elementos como la aceptación, la

conciencia plena, la desactivación cognitiva, son aspectos que

tradicionalmente han sido explorados por enfoques humanis-

tas-existenciales; sin embargo, ahora son interpretados desde

un marco teórico renovado que guía la praxis de esta nueva ge-

neración de terapias, caracterizadas por su enfoque empírico

(Hayes, 2004a).

Fundamentos teóricos

y principios básicos

as terapias de tercera generación (TTG) se basan en un para-

digma contextual que aborda el comportamiento humano

en términos interactivos, funcionales y contextuales (Hayes,

2004b; Jacobson, 1997). Según este enfoque, los trastornos no

residen dentro de la persona, sino que son el resultado de la inte-

racción entre el individuo y su contexto actual, influenciado tam-

bién por el contexto histórico (Hayes, 2004b).

A diferencia de las terapias anteriores, las TTG no buscan iden-

tificar una patología o disfunción psicológica específica como

causa de los trastornos, sino que se centran en los proble-

mas derivados de la interacción con el entorno actual (Hayes,

2004b). En lugar de centrarse en la eliminación de los síntomas,

estas terapias se enfocan en comprender la función psicológica

de los eventos concretos y en intervenir alterando los contex-

tos verbales en los que los eventos cognitivos resultan proble-

máticos (Hayes et al., 1999).

Dos principios fundamentales en las TTG son la aceptación y la

activación. La aceptación implica abandonar la búsqueda cons-

tante del bienestar y aceptar los síntomas y el malestar como una

experiencia vital normal (Hayes, 2004b). Por otro lado, la activa-

ción se refiere a dirigir la atención y los recursos de la persona

hacia acciones conductuales en lugar de enfocarse en evitar los

síntomas (Hayes et al., 1999). El objetivo es promover un cambio

conductual orientado hacia los valores personales y logros signi-

ficativos en lugar de medir el éxito terapéutico en términos de la

eliminación de síntomas (Hayes, 2004b).

Las terapias de tercera generación consideran variables de in-

terés relacionadas con la aceptación, los valores, la terapia con-

cebida dentro de una relación dialéctica, la atención al self, el

contacto con el momento presente, la espiritualidad y la impor-

tancia de la relación terapeuta-cliente (Hayes et al., 1999; Lucia-

no, 2001; Pérez, 2001; Wilson y Luciano, 2002). Estas variables

guían la intervención terapéutica, que se enfoca en la función

de la conducta y utiliza técnicas como metáforas, paradojas y

Dos principios

fundamentales

en las TTG son la

aceptación y la

activación

ejercicios experienciales para ayudar a las personas a compren-

der que intentar controlar sus eventos privados es parte del

problema (Mañas, 2007).

2.1. Terapias de primera generación

Desde sus inicios, a lo largo de su devenir histórico y hasta nues-

tros días, la terapia de conducta ha exhibido una aproximación

monista, directa, objetiva y racional hacia el estudio del compor-

tamiento humano. Una de las características más distintivas de

esta perspectiva radica en su compromiso inherente con el rigor

científico y el desarrollo de una tecnología fundamentada en

los principios o leyes del aprendizaje, cuya validez se encuentra

respaldada empíricamente. La terapia de conducta se enmarca

dentro del análisis experimental y aplicado del comportamiento

(AEAP), el cual se configura a partir de la acumulación de datos

obtenidos mediante investigaciones tanto a nivel básico (análisis

experimental) como aplicado (análisis aplicado), en concordancia

con la filosofía del conductismo radical Skinneriano.

En los últimos años, ha surgido una abundancia de enfoques te-

rapéuticos desde la perspectiva conductual (por ejemplo, Bor-

kovec y Roemer, 1994; McCullough, 2000; Marlatt, 2002; Martel,

Addis y Jacobson, 2001; Roemer y Orsillo, 2002). Recientemen-

te, Steven Hayes (2004a, b) ha destacado la necesidad de agru-

par y reorganizar esta gran diversidad de terapias emergentes,

así como la dificultad de enmarcarlas dentro de las clasificacio-

nes existentes en la actualidad. Por consiguiente, Hayes utiliza

la expresión ‘La Tercera Ola de Terapias de Conducta’ para refe-

rirse a un grupo específico de terapias que, dentro del amplio

espectro de terapias surgidas recientemente desde la tradición

conductual, comparten ciertos elementos y características co-

munes. A este conjunto de terapias, que han surgido en esta

nueva ola de terapias de conducta, se las denomina ‘Terapias de

Tercera Generación’ (en adelante TTG).

A continuación, se presentan de manera concisa las clasifica-

ciones propuestas por Hayes (2004a, b): las tres ‘olas’ de la te-

rapia de conducta. Posteriormente, se especifica el grupo de

terapias conocido como TTG, enmarcadas dentro de la tercera

ola de terapias de conducta, enfatizando, al mismo tiempo, que

los fundamentos y técnicas fundamentales de estas novedosas

terapias están estrechamente relacionados con la filosofía y las

prácticas de algunas tradiciones de origen milenario.

En la mayoría de los casos, surge una corriente o movimiento

en el ámbito de la psicología con el propósito de abordar pro-

blemas que aún no han sido resueltos en un contexto histórico

y cultural específico. Un ejemplo claro de esto se puede obser-

var en el surgimiento de los conductistas o psicólogos conduc-

tuales a principios del siglo XX, en contraposición al modelo

psicoanalítico de Freud que había dominado desde finales del

siglo XIX hasta el siglo XX. Destacan figuras como J.B. Watson,

considerado el padre del conductismo, y B.F. Skinner, creador

del conductismo radical o conductismo radical skinneriano. La

tradición conductual, representada principalmente por el análi-

sis aplicado del comportamiento, conformó la ’Primera Ola’ de

las terapias de conducta (Mañas Mañas, 2010).

El objetivo principal de este movimiento fue superar las limita-

ciones de las posiciones clínicas tradicionales, en particular el en-

foque psicoanalítico. Como alternativa, se enfatizó la necesidad

de desarrollar un enfoque clínico basado en los principios cien-

tíficos y las leyes del comportamiento humano. En lugar de cen-

trarse en variables hipotéticas o intrapsíquicas como las causas

de los problemas psicológicos, como los conflictos inconscientes

o el complejo de Edipo, se identificaron otras variables, como las

contingencias de refuerzo y el control discriminativo de estímu-

los sobre la conducta. A diferencia de las técnicas psicoanalíticas

como la interpretación de los sueños, la hipnosis o la introspec-

ción, la terapia de conducta se enfocó directamente en el com-

portamiento problemático, utilizando los principios del condicio-

namiento y el aprendizaje. Este nuevo enfoque clínico, basado en

la manipulación directa de contingencias con objetivos clínicos

específicos, se conoce como cambios de ‘primer orden’.

No obstante, a pesar del progreso que representó la primera

ola de la terapia de conducta, tanto el modelo de aprendizaje

asociacionista o paradigma estímulo-respuesta (conductismo

Las nuevas

corrientes o

movimientos

psicológicos surgen

con el propósito de

abordar problemas

que aún no han

sido resueltos

en un contexto

histórico y cultural

específico.

watsoniano inicial) como el análisis experimental de la conduc-

ta (conductismo radical skinneriano) resultaron ineficaces en el

tratamiento de ciertos problemas psicológicos que presenta-

ban los adultos. Estas dificultades, junto con el hecho de que

ninguno de estos enfoques ofreció un análisis empírico adecua-

do del lenguaje y la cognición humana, marcaron un punto de

inflexión que dio lugar a un segundo movimiento u ola: la deno-

minada ‘Segunda Ola’ de las terapias de conducta o terapias de

segunda generación.

2.2. Terapias de segunda generación - La

segunda ola

Lo que caracterizó a esta segunda ola de terapias, surgida en

la década de 1960, fue la consideración del pensamiento o la

cognición como la causa principal de la conducta y, por lo tan-

to, como la causa y explicación de los fenómenos y trastornos

psicológicos.

Aunque estas nuevas terapias, agrupadas bajo el amplio para-

guas de las terapias cognitivo-conductuales, mantuvieron (y

aún mantienen) las técnicas centradas en el cambio de con-

tingencias o de primer orden (desarrolladas en la primera ola

de terapias), las variables de interés se desplazaron hacia los

eventos cognitivos, considerándolos como la causa directa del

comportamiento y, por lo tanto, convirtiendo el cambio del

pensamiento en el objetivo principal de la intervención. Como

resultado, tanto las variables de análisis como los objetivos per-

seguidos y muchas de las técnicas se centraron principalmente

en la modificación, eliminación, reducción o alteración de los

eventos privados. En este contexto, se entiende por eventos

privados tanto las cogniciones o pensamientos propiamente

dichos, como las emociones, los recuerdos, las creencias y las

sensaciones corporales que una persona experimenta.

En resumen, durante este periodo se estableció la premisa

general de que si el pensamiento (o la emoción, el esquema,

la creencia, etc.) es la causa de la conducta, entonces se debe

cambiar el pensamiento (o la emoción, el esquema, la creencia,

etc.) para cambiar la conducta. Esta premisa fundamental es

ampliamente aceptada en nuestra cultura y subyace a las tera-

pias de segunda generación, potenciada por el contexto social,

el modelo médico o psiquiátrico y la idea de enfermedad men-

tal, así como la industria farmacológica actual.

Otra consecuencia de esta filosofía es considerar que todo lo

que genere malestar o dolor debe ser rápidamente eliminado

o suprimido utilizando todos los medios disponibles, especial-

mente enfocándose en estrategias o técnicas de control de

eventos privados, como la eliminación, la supresión, la evitación

o la sustitución. Sin embargo, esto puede llevar a que una perso-

na desarrolle un patrón inflexible de comportamiento centrado

exclusivamente en evitar continuamente sus eventos privados,

lo que limita drásticamente su vida. Esto ocurre a pesar de que

la persona esté aparentemente siguiendo lo que la sociedad

ha promovido y lo que el sentido común dicta: “eliminar todo

aquello que cause malestar o dolor y sentirse bien todo el tiem-

po”. El problema no se resuelve y el sufrimiento se intensifica.

A este patrón inflexible de evitación de eventos privados, que

limita la vida de la persona, se le ha denominado trastorno de

evitación experiencial (TEE).

El TEE se concibe desde una perspectiva analítica-funcional

como un diagnóstico funcional alternativo a las concepciones

topográficas y mecanicistas predominantes en la actualidad, es-

pecialmente las del DSM. En ocasiones, se ha relacionado el TEE

con la falta de flexibilidad cognitiva o, en otras palabras, con un

estado de fusión cognitiva con los eventos privados.

Dentro del amplio espectro de las terapias de segunda gene-

ración se encuentran aquellas que son más estandarizadas y

ampliamente utilizadas en la actualidad, como la terapia cogni-

tiva de Beck para la depresión (por ejemplo, Beck, Rush, Shaw y

Emery, 1979), la terapia racional emotiva de Ellis (por ejemplo,

Ellis y MacLaren, 1998), la terapia de autoinstrucciones de Me-

inchenbaum (por ejemplo, Meinchenbaum, 1977), así como nu-

merosos paquetes de tratamientos programados o estandari-

zados que se engloban mayoritariamente bajo la denominación

de terapias cognitivo-conductuales. Aunque estas terapias han

demostrado ser efectivas en el tratamiento de diversos proble-

mas psicológicos, aún existen muchos problemas sin resolver.

Algunas de estas cuestiones se centran en determinar qué as-

pectos son realmente efectivos dentro de las técnicas emplea-

das por las terapias de segunda generación. Esto se vuelve evi-

dente si consideramos que estas terapias continúan utilizando

las técnicas y procedimientos generados por las terapias de

primera generación (cambios de primer orden), lo que dificulta

evaluar de manera independiente el valor y la eficacia de los

elementos o componentes novedosos que se utilizan. Además,

la efectividad de estas terapias se ha relacionado más con los

componentes conductuales que con los componentes cogniti-

vos propiamente dichos.

Las terapias de segunda generación más estandarizadas siguen siendo

utilizadas a día de hoy, y a pesar de que han demostrado ser efectivas,

siguen teniendo ciertas limitaciones.

Otra de las limitaciones más significativas de las terapias de se-

gunda generación son los datos experimentales disponibles en

la actualidad, que indican paradójicamente que los intentos de

controlar, reducir o eliminar los eventos privados (precisamente

los objetivos de intervención explícitos en estas terapias) pueden

producir efectos contrarios o de rebote en muchos casos. Se han

descrito incrementos notables en la intensidad, frecuencia y du-

ración, e incluso en la accesibilidad a los eventos privados no de-

seados (por ejemplo, Cioffi y Holloway, 1993; Gross y Levenson,

1993, 1997; Gutiérrez, Luciano, Rodríguez y Fink, 2004; Sullivan,

Rouse, Bishop y Johnston, 1997; Wegner y Erber, 1992). Estos da-

tos representan un desafío claro para los principios y supuestos

en los que se basan las terapias de segunda generación, ya que

ponen en entredicho sus fundamentos y filosofía subyacente.

En resumen, Hayes (2004a, b) ha destacado varias razones fun-

damentales que han llevado al surgimiento de una nueva ola de

terapias de conducta, conocida como la ‘Tercera Ola de Tera-

pias de Conducta’ o las ‘Terapias de Tercera Generación’. Estas

razones incluyen:

la falta de comprensión sobre por qué algunas terapias cog-

nitivas actuales tienen éxito o son efectivas, así como por

qué otras fracasan;

los numerosos avances en la investigación básica sobre el

lenguaje y la cognición desde una perspectiva analítico-fun-

cional; y

la existencia de concepciones y modelos que adoptan una

aproximación radicalmente funcional al comportamiento

humano.

El modelo de

flexibilidad

conductual

l modelo de flexibilidad conductual en las terapias de terce-

ra generación se refiere a la capacidad de adaptarse y res-

ponder de manera flexible a los desafíos y demandas de la

vida, en lugar de verse atrapado en patrones rígidos de pensa-

miento y comportamiento. Este modelo se basa en la premisa de

que la inflexibilidad es un factor contribuyente en la aparición y

mantenimiento de los trastornos psicológicos, y que la promo-

ción de la flexibilidad puede conducir a un mayor bienestar emo-

cional y psicológico.

Las terapias de tercera generación, como la terapia de acepta-

ción y compromiso (ACT) y la terapia dialéctica conductual (DBT),

se centran en fomentar la flexibilidad conductual a través de di-

ferentes enfoques terapéuticos. Estas terapias reconocen que

los intentos de controlar o evitar el malestar psicológico pueden

generar más sufrimiento a largo plazo, y en su lugar promueven

la aceptación de las experiencias difíciles y el compromiso con los

valores personales para guiar la acción.

El modelo de flexibilidad conductual se basa en principios funda-

mentales de las terapias de tercera generación, como la acepta-

ción, la atención plena y el enfoque en los valores (Hayes et al.,

1999; Linehan, 1993). Estas terapias subrayan la importancia de

desarrollar la capacidad de observar y aceptar las experiencias

internas, como los pensamientos y las emociones, sin juzgarlos ni

tratar de cambiarlos. Al mismo tiempo, se enfocan en tomar ac-

ciones coherentes con los valores personales y comprometerse

en comportamientos saludables y significativos.

La terapia de aceptación y compromiso (ACT), desarrollada por

Hayes, Strosahl y Wilson (2012), se centra específicamente en

promover la flexibilidad conductual a través de la aceptación de

experiencias internas y el compromiso con acciones guiadas por

los valores personales. Por otro lado, la terapia dialéctica con-

ductual (DBT), desarrollada por Linehan (1993), también enfatiza

la flexibilidad conductual como parte integral de la regulación

emocional y la mejora de las habilidades de afrontamiento.

Las terapias de

tercera generación

reconocen que

los intentos

de controlar o

evitar el malestar

psicológico pueden

generar más

sufrimiento a largo

plazo

En resumen, el modelo de flexibilidad conductual en las terapias

de tercera generación se refiere a la capacidad de adaptarse y

responder de manera flexible a las experiencias internas y exter-

nas, y se basa en principios de aceptación, atención plena y enfo-

que en los valores personales. Estas terapias buscan promover

la flexibilidad conductual como un medio para lograr un mayor

bienestar emocional y psicológico a largo plazo.
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ESTE MATERIAL HA SIDO GENERADO PARA USO EXCLUSIVO EN EL CAMPUS VIRTUAL ISEP

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